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El asesino del parking

por | 01 / Oct / 2019

El pánico se apoderó de Barcelona a principios del 2003. Un asesino en serie, que mataba a martillazos a mujeres en los parkings, había comenzado su cacería. Actuó en dos ocasiones, pero pudieron ser muchas más de no ser por la excelente investigación policial que permitió capturarle.


 

Los buenos propósitos y deseos con los que se afronta el comienzo de un nuevo año pronto dejaron paso, al inicio del 2003, al pánico y la psicosis en la ciudad de Barcelona. Entre su extensa población había despertado un asesino en serie. Tan brutal que mataba a martillazos. Tan descarado, que después de cometer su primer crimen en un parking del barrio del Putxet, eligió días más tarde el mismo escenario para volver a matar. Sus dos víctimas, además de aparcar sus vehículos en ese lugar, eran rubias, de edades similares, y ambas ocupaban en su respectiva planta la plaza número 15.

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Tarde del 11 de enero de 2003. Mª Àngels Ribot accede al aparcamiento ubicado en el número 28 de la calle Bertrán, en el barrio barcelonés del Putxet. Estaciona el coche en la plaza número 15 de la cuarta planta y, al apearse, es abordada por un hombre armado con un cuchillo que la introduce en las escaleras de servicio del parking. Pero, lejos de amedrentarse, Mª Àngels planta cara a su agresor y no se deja someter fácilmente. Esta resistencia le costará varias puñaladas que, si bien no son mortales, algunas sí son de gravedad. El forcejeo prosigue y la mujer cae por la barandilla y queda inmóvil en el suelo. Su agresor salta sobre ella, la introduce en el hueco de la escalera y allí la golpea ferozmente en el cráneo con un martillo, llevándose sus tarjetas de crédito y su teléfono móvil.

El asesino del parking se cobra así su primera víctima, pero también comete sus primeros errores. Utiliza las tarjetas robadas en varios cajeros, deja pisadas sobre la sangre, tapa el cuerpo con una bolsa en la que deja su huella palmar y se fuma un cigarro dejando la colilla al lado de la víctima. La familia de Mª Àngels encuentra su cadáver a última hora de la tarde y mientras la policía inspecciona la escena ocurre algo inquietante. Alguien envía un mensaje desde el móvil de la fallecida a su marido, Antonio, diciéndole que se encuentra bien pero que no acudirá a casa. Este macabro contacto no será el último. La siguiente comunicación será una llamada en la que el interlocutor, un hombre joven que habla catalán y castellano, le ofrecerá a Antonio información sobre el crimen a cambio de 2000 euros.

Fotografía de la colilla hallada en la escena del primer crimen junto al cuerpo de la víctima

La policía supervisa las siguientes conversaciones convencida de que el llamante es el asesino. La voz citará a Antonio en distintos lugares. Uno de ellos es un pub, el “Bare Nostrum”, que más adelante resultará clave para atrapar al criminal. Pero el desconocido nunca llega a presentarse a los encuentros. Cada vez los sustituye por nuevas citas en otros puntos a los que tampoco acude hasta que, finalmente, deja de telefonear.

A pesar de tener la huella palmar y el ADN del asesino, la policía no puede ponerle nombre y cara porque no está fichado. Pero saben con certeza que ha estado en varios lugares: los cajeros donde extrae dinero con las tarjetas de la víctima y las cabinas desde las que llama a su marido. Así que se disponen a visionar cientos de horas de grabaciones que recogen las cámaras de seguridad de puntos próximos a esos emplazamientos. Con este minucioso trabajo es como consiguen los primeros fotogramas borrosos del autor, que no muestran un rostro claro y definido, pero sirven para apreciar que comienza a padecer una cierta calvicie en la coronilla.

Fotogramas del sospechoso en los que puede apreciarse su calvicie en la coronilla

El 22 de enero, mientras la policía trata de avanzar en la investigación, Maite de Diego abre el portón de su garaje, el mismo en el que días antes murió Mª Àngels Ribot. Desde entonces Maite tiene miedo y se hace acompañar siempre que puede por su marido, Ruperto, con quien regenta un gimnasio cercano al aparcamiento. Pero ese día Ruperto no puede acompañarla y Maite conduce sola. Accede al parking y estaciona el coche en su plaza, la número 15 de la primera planta. Pero al poner pie a tierra un hombre la está esperando. Maite es fuerte y atlética, pero se queda paralizada por el miedo y no es capaz de oponer resistencia. Su verdugo la dirige con facilidad al mismo lugar en el que mató a su primera víctima: la última planta de las escaleras de servicio.

En esta ocasión el asesino utiliza unos grilletes con los que inmoviliza las manos de Maite y la sujeta a la barandilla. También lleva un trozo de cuerda para inmovilizarle los pies, unas hojas de periódico que le introduce en la boca y una bolsa con la que le tapa la cabeza. De este modo, con su víctima completamente indefensa, sin posibilidad de gritar ni de moverse, la golpea en numerosas ocasiones y de forma salvaje en la cabeza con un martillo de encofrador.

Otros fotogramas del sospechoso obtenidas por las cámaras de lugares próximos a los cajeros y cabinas que utilizó

Horas más tarde el marido de Maite encuentra su cuerpo y, cuando salta la noticia, cunde el pánico en Barcelona. Ya no hay duda: un asesino en serie anda suelto. La psicosis es tal en la ciudad que los coches se agolpan en las calles y las aceras porque los vecinos tienen miedo de aparcar en sus garajes. Muchos vehículos quedan mal estacionados por la falta de espacio y con notas explicativas en los salpicaderos, dirigidas a los agentes de la Guardia Urbana, rogándoles que tengan en cuenta la especial situación.

Los investigadores sienten sobre ellos la presión de una ciudad angustiada y afinan su instinto para resolver el caso. Retoman las llamadas al marido de Mª Àngels y recuerdan que el desconocido citó el “Bare Nostrum” y lo describió con mucho detalle, por lo que intuyen que puede ser un cliente habitual. Con esta hipótesis los policías se hacen pasar por clientes del local hasta que, en uno de los turnos de vigilancia, aparece un joven de aspecto similar al que mostraban los fotogramas borrosos de los que disponían. Saludó al camarero con la confianza de un habitual, pero la confirmación definitiva se produjo al marcharse. Cuando ya daba la espalda a los policías de paisano una luz del local incidió sobre su cabeza y mostró lo que, sin duda, era una incipiente calvicie en la coronilla.

El pub en el que la policía despliega el dispositivo de vigilancia para localizar al sospechoso

Los agentes dejan que el joven abandone el local y unas calles más allá simulan un control rutinario y le identifican. Es Juan José Pérez Rangel, tiene 25 años, está en paro y vive con sus padres en La Mina, un barrio de clase obrera tristemente marcado por ser antaño cuna de míticos delincuentes como el Vaquilla o Dieguito el Malo. Cuando investigan el pasado de Rangel, los agentes descubren que un año antes alquiló una plaza para moto en el parking de los crímenes y que tuvo que dejarla por no poder afrontar los pagos. Esto confirma que Rangel tenía un vínculo con el lugar de los asesinatos, y que además había tenido acceso a las llaves, por lo que podría entrar y salir del lugar con facilidad.

A la izquierda, Rangel durante el juicio. A la derecha, el marido de Maite de Diego, al que Rangel trató de inculpar para defenderse

Con estos indicios Rangel es detenido el 30 de enero. Pero él se sentía seguro con la  coartada que había fabricado para excusarse en caso de ser descubierto. Contrató los servicios de una agencia matrimonial, que durante los días de los crímenes le había concertado una visita con una mujer rusa que viajó expresamente a España para conocerle. Pero la coartada no es sólida y el registro de su casa aportó más pruebas que le incriminaban. En su habitación aparecieron recortes de prensa sobre los asesinatos en los que Juan José había escrito la palabra “secreto”. También se hallaron folletos del gimnasio que regentaba Maite de Diego, las llaves de los grilletes que con los que fue maniatada y una libreta con anotaciones sobre los vehículos y personas que salían o entraban del parking. Además, el ADN y la huella palmar del primer crimen se correspondían sin género de duda con Rangel, que vio como la ciencia le dejaba sin escapatoria.

Algunas de las pruebas encontradas en la casa de Rangel: anotaciones sobre usuarios del en el parking, recortes de prensa con la palabra «secreto» y folletos del gimnasio de Maite de Diego

A pesar de las evidencias, tanto en el juicio como en algunas entrevistas que ha concedido con posterioridad, Rangel mantiene su inocencia con explicaciones peregrinas, negando las contundentes pruebas contra él y, en ocasiones, tratando de inculpar al marido de la segunda víctima. En diciembre de 2004 Juan José Pérez Rangel fue declarado culpable por el jurado popular y condenado a 52 años de prisión. Todos los expertos coinciden en que, de no haber sido detenido, Rangel hubiera seguido matando.

Javi Guerrero (Salamanca). Crecí en el barrio de Pizarrales, lugar de nacimiento de un famoso delincuente: «el Lute». Pero yo elegí el otro bando. Por eso hoy escribo, sin pretensiones de fama ni fortuna, pero con conocimiento de causa, sobre el bien y el mal, sobre policías y ladrones, sobre criminología y criminales… ¡Te agradezco mucho tu visita y tu lectura!

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